«Como el náufrago
metódico que contase las olas que le bastan para morir;
y las contase, y las
volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que
tiene la estatura de un niño y le cubre la frente,
así he vivido yo con
una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me
he equivocado en nada,
sino en las cosas que
yo más quería..»
(Luis Rosales. Granada, 31 de mayo de 1910-Madrid, 24 de octubre de 1992).
Antes de
proseguir este humilde artículo nacido de lo más profundo del cariño, soy
consciente de lo denostada que está en nuestros días la palabra “servidumbre”.
También lo soy de la rabiosa actualidad con la que cuenta la palabra
“servilismo”.
El
Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define “servidumbre” como: “(Del lat. servitūdo, -ĭnis) Conjunto
de personas que trabajaba en el servicio doméstico de una casa.”. Y de “servilismo”: “(Del lat. servīlis.) Que de modo rastrero se somete totalmente a la
autoridad de alguien.”.”
De la
segunda acepción no deseo escribir, está muy de moda en casi todos los ámbitos de la vida y desde hace mucho, y no tengo nada que
descubrir sobre ella. Solamente la he citado por contraposición a la que me
interesa, a la que admiro, aún a costa de que alguien pueda no entenderlo
todavía. A mí la palabra “servidumbre” me parece grande y hermosa, y muy
insuficientes las personas que ya desde mis 65 años les he visto practicarla
con grandeza, sin resbalarse a la otra definición.
No entendía
el motivo de esa atracción tan grande en un chaval hijo de un padre gallego y de
una madre alcarreña que, en el primer caso, después de la guerra incivil vino a
Madrid para ser albañil, y una madre que después de acarrear mucho en su pueblo
cerca de Molina de Aragón, de segar, trillar, etc., llegó a Madrid llena de
sabañones para servir en la casa de unos “nobles” en la Gran Vía, y, entre
otros trabajos, lustrar de cera, de rodillas naturalmente, salas y salas de
tarima. Que después se encontraron en la Calle de San Mateo de Madrid, se
casaron y juntos sirvieron durante treinta años a otras diecisiete familias de
las que entonces, y me temo que ahora, en Madrid llamábamos “bien”. Guardo de
ellas en general un espléndido recuerdo.
Hoy, a mis sesenta
y cinco años, incluso hace ya bastantes antes, sé que lo que vi en aquella
legión de mujeres uniformadas, con cofia, de hombres polivalentes para la
tarea, de guardas, de jardineros, de recepcionistas, de mecánicos…eran madres y
padres como los míos, que estaban sirviendo con orgullo de hacerlo, con
excelencia y elegancia. Y sin rencor. No había causa, cada uno vivía de un
trabajo, que hoy, desgraciadamente, no existe. Fruto de ese trabajo pude yo
estudiar para servir -no me es ajeno que cada vez que pongo el verbo, sé que
lleva a “servidumbre”- después de unos primeros años difíciles y de distintos
estudios, nada menos que para ser servidor público.
![]() |
En representación de toda "la gran familia" de Parador. |
Por muy
pronto que conociera PARADORES me es imposible una biografía profesional de
cuarenta años de servicio de Juan Carlos Sánchez Gálvez, y no es eso lo que
pretendo; sus años en ene Parador de Granada son “mis años Juan Carlos”.
No es baladí
ni mucho menos que el amor me llegara por primera vez hace treinta y siete años
de la mirada, la mano, la voz, la sabiduría, el granadinismo de un paisano de
Juan Carlos, que de no haber fallecido a los 35 años, ahora tendría 66 -como el
Festival Internacional de Música y Danza de Granada-. Gerardo Velázquez Cueto
había venido a Madrid, de alguna remota manera como mis padres, para poder
encontrar algo que en Granada, por tamaño y otros aspectos, en los años setenta
le resultaba muy difícil; y había venido sin poder, ni querer, despegarse jamás
del recuerdo de sus tardes de estudio sentado en el poyato corrido de piedra
del Palacio de Carlos V; después de un periplo extremeño llegó –siendo el
catedrático más joven de su generación- a la capital, a un “Ramiro de Maeztu”
(entonces solo de chicos) para enseñar literatura y lengua con esa lengua suya
tan especial como inolvidable que, por ejemplo para decir grisecillo decía
“gricesillo”, y “volaera”… y tantas cosas más que forman parte de mi
diccionario vital y que me recuerda tanto Carlos Cano, sobre todo en su “Alhacena
de las monjas”. Y entonces me encontró a mi (que como madrileño, sin darme
cuenta “masticaba” las palabras).
Gerardo
adolecía de esa “tontera enfadosa”, como diría él (ya sé que la RAE ya permite
no poner la tilde en el pronombre, pero uno tiene la historia que tiene), que
tienen tantos granadinos, y tantos españoles, que es la de no alojarse en algo
tan maravilloso como el Parador de su tierra, justo por eso, porque está en su
tierra, y él ya vivía en la Calle San Miguel Alta y “tenemos casa” como me
decía. Pero yo soy bastante contumaz, y él siempre me lo agradeció
infinitamente… la noche del 2 de julio de 1982 entrábamos juntos en ese Jardín del
Parador en el que ya estará siempre.
Siento mucho
querido Juan Carlos no habértelo podido presentar, era un gran granadino como
tú, un gran servidor público, como tú, un gran humanista, como tú, pero los
tiempos no ensamblaron.
A cambio, y
nada menos, con esa otra persona con la que comparto ya desde hace veintitrés
años un amor que no parecía tener parangón, hemos tenido la inmensa suerte de
veros los tres juntos, de hablar juntos (Jesús sin “grisecillo” que en Tudela
no lo dicen), y de ser muy feliz paseando con vosotros dos por el Jardín del
Parador.

Me sentía
unido a ti por encuentros y pérdidas grandes, o sea muy entendido. Y me sentía
incapaz de hablarte de toda la Granada que llevaba dentro (aunque suelo hacerlo
a borbotones) para que supieras que siempre fui y siempre sería de los tuyos.
No quiero
extenderme mucho más. Soy un hombre de “pálpitos” y me empeñé hace unos meses
en una reserva que iba a ser para después, con menos frío. Y menos mal, porque
si no, no te hubiéramos podido abrazar en el Convento de San Francisco hace tan
solo unos días, y darte “las gracias por todo”; y ese todo son cuarenta años de
orfebrería de Paradores, de servicio y humanismo.
Es evidente
que hay personas como tú que son insustituibles al frente, al lado, de un
Parador, y máxime ese que se haya dentro del Generalife y la gloria de la
hostelería mundial. Pero bueno yo tengo mi “catálogo personal” (¡que ya son
muchas noches y muchos días en la Red!). Pero también tengo la seguridad de que
ni la directora de recursos humanos, ni el propio presidente me van a
preguntar; no me va a preguntar nadie realmente (aunque considero que no
estaría mal preguntar a los clientes sensatos más frecuentadores y conocedores…
en definitiva somos, o deberíamos ser el objetivo de la cuestión). Y tengo el
“palpito”, y esto me da más miedo aún, de un cambio radical de estilo. Ojalá
que no sea así. Espero que Fray Leopoldo de Alpandeire, o la Virgen de las
Angustias me echen una mano… yo nunca he dicho que fuera creyente, pero tampoco
que no lo sea. Además la de “…Las Angustias, la que habita en la Carrera, que a
todos los granadinos les alivia de sus penas” está un poco obligada; que yo la
he rezado mucho.
Saltando de
aquella primera vez que nos vimos a esta última en el Parador hace unos días,
quiero relatar una anécdota, una sensación, una vivencia interna que me
emocionaba profundamente, y que es un poco la esencia de las torpes palabras de
este escrito:
Jesús y yo
formamos un matrimonio desde hace trece años, un matrimonio de hombres naturalmente.
Y el protocolo (al que he dedicado buena parte de mi vida profesión intentado
ayudar a “tarugos y tarugas egregios”) desde mi punto de vista es un tanto
conservador, se ha quedado un poco rancio, y necesita mucho de la sensibilidad,
del sentido común, de la “sabiduría de la servidumbre” para salir adelante.
Pues bien cada vez que nos íbamos a sentar los tres juntos en los siempre
poquitos ratos que hemos tenido la suerte de disfrutarte, tú, como una especie
de ángel invisible me retirabas a mí un poco la silla para que me sentara. Y yo
me preguntaba ¿Quién, qué “le dirá” a un hombre que ha recibido durante toda su
vida a multitud de personalidades y altos mandatarios y mandatarias, que sea a
mí y no al otro hombre al que aleje la silla un poco de la mesa? Eres un maestro en hacer de la necesidad
virtud querido Juan Carlos.
Y una vez
escrito esto, nada me gustará más que la vida sea contigo tan generosa como tú
lo ha sido con tantos. Y que rápidamente tengas la sensación de que no te has
equivocado “…sino en las cosas que yo más
quería..» como dijo Luis Rosales, porque tengas el tiempo para dedicarlo a ellos
a ellas.
Con todo lo
que queremos ambos, y el tiempo que hemos dedicado a PARADORES, cada uno a un
lado, tú al trabajo, yo al disfrute de ellos, no me cabe la menor duda de que
hay vida fuera de Paradores. A lo mejor tres meses como decía mi psiquiatra son
poquito para cuarenta años, pero la hay, y seguramente porque lo atisbas has
decidido tú mismo prejubilarte.
Y si en ella,
en esa "nueva vida” Jesús y yo tenemos un trocito, habrá valido la pena aquella
ruta que quedó interrumpida para mí el 30 de septiembre de 1987 y que reinicié en 2009 y espero
poder completar.
No se me
ocurriría nunca creerme portavoz de otros clientes, pero estoy completamente
seguro de que si algunos de ellos tuvieran como yo un blog dedicado exclusivamente
a Paradores, también te darían las gracias. Yo me atrevo a hacerlo por ellos.